65 - Contraluces
Capitulo 65
Contraluces
Esta mañana, el invierno dejó entrar un poco de luz antes de arrepentirse.
La vi cruzar la ventana como quien irrumpe en una habitación ajena —sin permiso, sin intención de quedarse— e iluminar el polvo suspendido sobre el escritorio. Esas partículas ignoradas hasta que la luz las señala, obligándolas a existir. Pensé, sin urgencia, que así somos: presencias insinuadas que solo cobran relieve cuando algo —una mirada, un recuerdo, una ausencia— nos toca desde el ángulo justo. Y aun así, apenas por un momento.
En este retiro voluntario que llaman vejez, el tiempo ha dejado de obedecer a los relojes. Ya no avanza: irradia. Llega de costado, como esa claridad breve, y revela lo que siempre aguardó en la penumbra cotidiana. Envejecer es este aprendizaje lento: dejar de perseguir minutos para observar cómo la luz se desplaza sobre las cosas, volviéndolas otras sin tocarlas.
Me quedé junto a la ventana, manos apoyadas en el alféizar frío. La calle De Rigaud estaba cubierta de nieve cansada, una blancura venida a menos, memoria de sí misma. En ese silencio que no exige, los pensamientos llegan sin ser llamados, como mareas que ya no intento contener.
Recordé a un sastre de Medellín. Manos precisas, casi devotas. Paciencia del oficio, respeto por el detalle… y, sin embargo, una tarde de 1976 lo vi gritarle a su hijo con dureza que aún duele. Lo guardé años bajo una palabra: difícil. Hoy, con la distancia de los inviernos, comprendo lo sencillo e incómodo: no era difícil. Era humano.
La condición humana —lo entiendo tarde— es un territorio de grietas y resplandores. Ternura y sombra se alternan sin pedir permiso. Se aprende, no en libros sino en el desgaste, que nadie cabe en una sola definición.
Yo mismo fui prueba.
Amé con generosidad que me sorprendía, y me refugié en silencios como puertas cerradas desde dentro. Fui, en los mismos años, mejor de lo que merecía y menos de lo que prometí. Al salir de Colombia en 1988, creí llevarme entero; en la lentitud helada de Montreal, entendí que uno deja versiones de sí dispersas en estaciones, despedidas, miradas irrepetibles.
La bondad tropieza. La cerrazón, en cambio, deja escapar —por descuido— un gesto de ternura. Lo vi en mí, en los amados, en quienes me hirieron: ese instante sagrado e incómodo donde se reconoce la humanidad del otro.
Mi hijo Mauricio lo entendió antes. Miraba limpio, sin juzgar. Una vez —con claridad que duele y consuela— me dijo: «La gente no es mala, papá. La gente es complicada». No supe responder. La verdad impone silencio.
Hoy, esa ausencia de voces familiares tiene el tamaño de una habitación demasiado grande. No es falta de compañía —eso se suplir—, es falta de espejo. Saber que mis recuerdos morirán conmigo, sin quien los nombre.
Un pájaro —no sé cuál; aquí sus nombres nunca fueron míos— se posó un instante en el alféizar y se fue. Dejó una huella mínima sobre la nieve. Pero estaba.
Así somos: huellas breves sobre superficies que olvidan rápido.
La luz ya no está. La habitación volvió a su gris habitual, que no incomoda porque me conoce. Pero algo quedó suspendido, como una enseñanza sin palabras.
Dicen que el alma aprende a caminar sola cuando la vida deja de ofrecer atajos. Lo comprendí una tarde como esta, cuando la luz entró sin anunciarse, obstinada en su simpleza. No fue revelación, sino gesto. Bastó para que algo en mí se acomodara.
Pasé demasiado huyendo de mis sombras, creyendo la claridad asunto de otros. La luz —vieja maestra— mostró que incluso las heridas antiguas guardan resplandor discreto, memoria tibia que no se resigna.
Desde entonces camino más despacio. No por cansancio —aunque el cuerpo tenga razones—, sino por cuidado. Temo espantar lo poco que se ofrece. Escucho lo ignorado: el suspiro de una taza de café, el crujido de un libro que se abre, el silencio del perdón sin ceremonia.
Ahí se esconde la vida verdadera.
Mis sombras siguen conmigo —nadie se desprende del todo—, pero ya no las miro con temor. Son parte del paisaje; a veces me orientan, recordando que la luz no tendría sentido sin ese fondo.
Quizás eso sea la felicidad.
No un logro, ni destino, ni promesa.
Apenas un instante que se posa —suave, cansado— sobre el hombro de quien ha aprendido a quedarse quieto… y a mirar cómo la luz, incluso al irse, deja algo encendido en lo que toca.
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