66 — El fuego que no se apaga

Capítulo 66

— El fuego que no se apaga

A esta edad, el fuego ya no se nombra con la arrogancia de quien cree dominarlo, sino con el respeto que merecen los viejos errores que, contra todo pronóstico, aún nos alumbran.

Lo he conocido.

No ese incendio voraz que devora casas y alimenta titulares, sino el otro —el más silencioso, el más íntimo—, ese que prende cuando algo en la vida deja de sostenerse y uno, sin saber muy bien por qué, decide no sofocarlo. Es el fuego que nace en los intersticios de lo que ya no respira: un afecto que se ahoga en su propia quietud, una certeza que se vuelve estrecha como un traje heredado, una versión de uno mismo que ya no nos pertenece.

Durante años, creí que mi destino era esquivar las llamas, proteger lo poco que había construido con la paciencia de los días. Vivir, pensaba —con la ingenuidad de quien aún no ha perdido lo suficiente—, era conservar. Pero la vida, en su infinita ironía, tiene esa manera suya de desmentirnos, de llevarnos, casi a rastras, hacia verdades que no queríamos ver.

Hubo un tiempo —no sabría decir cuánto duró— en el que todo comenzó a arder. No de golpe, no con estruendo, sino con esa lentitud implacable de las cosas que se pudren por dentro. Y entonces ocurrió lo inesperado: no huí. Me quedé. No por valentía —eso lo entendí después—, sino por cansancio. Cansancio de sostener lo que ya no tenía raíz, de fingir continuidad donde solo quedaban ruinas.

Recuerdo ese tiempo como se recuerdan los inviernos largos de Montreal: no por un día en particular, sino por la persistencia del frío, por esa sensación de que el mundo se había vuelto más pequeño, más quieto, más verdadero.

El fuego hizo su trabajo.

No fue rápido. Nunca lo es.

Consumió con paciencia aquello que yo no me atrevía a soltar: nombres que ya no respondían, lugares que habían dejado de ser refugio, promesas que alguna vez llamé hogar. Y lo más extraño —lo más difícil de aceptar— fue que, cuando todo terminó, no sentí la urgencia de recoger los restos. No quise salvar nada. A esa edad —más joven que ahora, pero ya lo suficientemente golpeado—, entendí que hay pérdidas que no exigen duelo, sino silencio.

Salí de aquel incendio distinto.

No mejor. No peor.

Más ligero.

Como si algo en mí hubiera dejado de discutir con la vida, como si, por fin, hubiera aceptado que el mundo no siempre se ajusta a nuestros deseos.

Hoy, desde este apartamento donde el tiempo camina más despacio, miro hacia atrás y comprendo que aquel fuego no fue una desgracia, aunque en su momento lo nombré así. Fue una forma de claridad. Porque uno cree que se define por lo que conserva, pero, al final, es lo que se atreve a soltar lo que termina diciendo quién es.

He visto a muchos aferrarse a sus cenizas, defenderlas como si aún ardieran. Yo no supe hacerlo. O tal vez tuve la fortuna de no saber. Con los años, aprendí que el caos no siempre pide orden. A veces, solo pide ser habitado. No con heroísmo, sino con presencia. Caminar entre escombros sin dramatismo —eso también se aprende—. Mirar lo perdido sin convertirlo en tragedia, como quien observa una estación que ya pasó.

Y sin embargo —esto aún me sorprende—, algo de aquel fuego permanece.

No quema. Ilumina.

Es una claridad discreta, como la luz que entra por la ventana en las mañanas de invierno: no transforma el mundo, pero lo vuelve visible. Quizá de eso se trata envejecer. De entender que no todo lo que se destruye fue una pérdida. Que no todo lo que ardió merecía quedarse. Que, a veces, uno mismo tuvo que convertirse en su propia hoguera para poder seguir.

No lo digo con orgullo.

Lo digo con la serenidad de quien ya no necesita explicarse.

Ahora sé que la vida no me pidió evitar el incendio… me pidió atravesarlo.

Y aquí estoy.

Con menos cosas. Con menos certezas.

Pero con una extraña paz que antes no conocía

Como si, en medio de todo lo que se consumió, algo esencial —algo que no supe nombrar en su momento— hubiera decidido quedarse.

Y todavía arde… aunque ya no duela. 

--------------------

Compartir con familia y amigos

Comentarios

Entradas populares de este blog

* Prólogo - Antes de entrar al jardín

^Capítulo I - El jardín de lo vivido

^ Capítulo 2 - Carta a quien llega cuando yo me vaya